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  • Diario Digital | miércoles, 21 de abril de 2021
  • Actualizado 01:55

Jaime de Armiñán, en su película “Mi general”, realizó una crítica venial sobre el Ejército desde la perspectiva de unos generales que, a punto de pasar a retiro, deben volver a la academia militar. El estancamiento y la necesidad de reciclaje germinan a los personajes típicos: el guapillo, el listeras, el chivato… Armiñán olvidó mencionar a un personaje importante en la reciente cúpula militar “el rojo”.

Julio Rodríguez “el rojo”, había sido todo en el Ejército y lo había defendido todo durante su ciclo de vida militar: la Constitución, la Ley, la lealtad al Rey, los valores castrenses, el proteger y servir… Ahora, obviado y olvidado, añorando una continuidad en la que plantar los valores que siempre había defendido, ha cambiado de tercio, ha fichado por Podemos, ha adquirido la categoría de “perroflauta” y ha obtenido ipso facto el marchamo de antimilitarista.

Sin duda, tal fichaje, debió preceder de una previa asunción de la filosofía que impregna al Partido y a su programa para, aprobada esta fase, sentirse arropado por la organización objeto de la continuación de su lucha. Esta organización qué, con altas dosis de extravagancia política representa entre otros a los descontentos del 11M, que tiene serias dudas de cómo interpretar la Constitución, que no duda en pactar con fuerzas de ultra izquierda o partidos anti-sistema o que aprieta las tuercas de la Ley para eludir ciertos compromisos históricos, ha sido quien le ha puesto, negro sobre blanco, el camino para su lanzamiento a la brecha política. Nada más fácil que ofrecerle algo que pocos estarían dispuestos a dejar pasar. “…estaré orgulloso de que sea mi ministro de Defensa” Pablo Iglesias dixit. No ha conseguido ser diputado, pero ahora desde la postura de ministro de defensa “in pectore” pretende instaurar un nuevo orden, instando a los militares a dudar de los valores constitucionales o a preguntarse si la ley y los valores que siempre han defendido son debatibles o discutibles. Lo último, entre otras majaderías, calificar al Día de las Fuerzas Armadas como sustitutivo del “día de la victoria” franquista llamando a los, ahora suyos, al boicot. Vamos, vamos.

Los efectos y las consecuencias no se han hecho esperar y una de ellas, sin duda la más importante, y que con toda seguridad lamentará, es que el respeto de los militares que mientras han estado a sus órdenes, sí han sabido estar a la altura, se ha perdido. El sabrá.